
Hilos de zócalos unen mis retazos,
en telarañas de arterias
mojadas en color menta
cortando, uniendo y enjaulando
el cuadro abstracto
de una derrota senil;
abrazando mis labios a mis cejas
desparramadas en virutas.
No tengo el bastón en mi mano
lo canjeé por el aire que ya vendí,
lo fumé como se digiere el tiempo
en una exhalación
-Me tiemblan las orbes
dibujadas en la espalda –
Donde el pecho se contrae
con sabor al almizcle
de las vías del tren.
Mordería el fémur de mi infancia
y rasparía su calcio amarillento
para buscar un dejo de sueño olvidado
entre el bolsillo del azar,
lamiendo el olor a tierra huérfana
que jugando desparramó unas canicas ciegas,
hurgando la adrenalina limpia de no embocar
el globo ocular en mis carencias.
- Caigo de rodillas en el bufar –.
Y me pregunto si el chispazo
del frío vidrio que se hace magma
abriendo mis piernas con su peso
lo debería sentir.
También si el cuerpo sabe ser inmune
a los microbios de la experiencia hueca
y sus aletas rancias a las que le armó colmena
con la senda de espina dorsal quebrada.
Rodando tras su estela.
Armando un castillo
sin sombra
con madera de naipes.
Jugando al Truco Solitario.
- Me rearmo –.
Una pieza aquí y otra allá...
Desencajando sus afluentes.
Con los bordes del cristal
aullándole a mis facciones
aún desintegradas
en sus chapas
chillonas de agua.
Y ya no me hace mella
el agitado sepulcro
de mi espejo,
ni el guiño en la garganta de mi opio;
mirándome los colgajos
de las sienes y el color a uva machacada
que lo cincela.
- Me esperanzo -.
En otros cielos
sin hamacas de sal;
tras mis párpados.
Sorbiendo jugos de leche
y mi pulgar
sin timos de navaja.
- Suspiro el deja vu –
eso lo pensé ayer.
-Reniego -.